Existe un ‘mainstream’ académico que establece qué cosas son correctas (de acuerdo con la ciencia) y cuáles no. Dentro de sus creaciones están las teorías que nos ayudan a comprender la realidad, y en la contemporaneidad este corpus de conocimiento permanece prácticamente incuestionado, excepto dentro del mismo campo científico donde se encuentra estipulado cómo se debe proceder para desarrollar una nueva teoría.

 

La teoría del la Tierra Interior

Sin embargo, esto no fue así siempre. A lo largo de los siglos XVIII y XIX, en los albores de la ciencia moderna, los mecanismos de verificación no estaban institucionalizados y las teorías alternas abundaban. Muchos afirman que este fue el periodo dorado de la ciencia, antes de que los grandes poderes se apoderaran de ella e impusieran sus nociones de lo que es verdad, ya sea para ocultar cosas o sencillamente para mantener su control sobre el mundo.

Una de estas teorías alternas (que de hecho bebe de la tradición cristiana medieval) es la teoría de la Tierra Hueca. De acuerdo con ella, la tierra está constituida por una región externa y una “superficie interna” la cual puede sostener la vida y podría ser la cuna de civilizaciones ancestrales que habrían hecho contacto con la humanidad en tiempos antiguos. Una variante menos radical de la teoría establece que si bien la tierra no es completamente hueca, existen regiones de cuevas y grandes agujeros entre el manto y la corteza, que sostienen la vida con el agua que se filtra de la superficie y el calor procedente del centro de la tierra. Así mismo, la versión más radical incluye un sol ubicado en el centro de la tierra, que ilumina estas regiones desconocidas.

En ambos casos, ecosistemas desconocidos, especies extintas e incluso civilizaciones avanzadas podrían vivir en la región central de la tierra, aislados de la humanidad. Sistemas de túneles y cuevas comunicarían con estas regiones, pero la principal entrada serían dos agujeros inmensos ubicados en cada uno de los polos terrestres.

Pruebas de la teoría

Los defensores de esta teoría sostienen que la profundidad terrestre está prácticamente inexplorada: el agujero más profundo excavado por la humanidad apenas supera los 12 kilómetros, mientras que la tierra tiene más de 6.000 kilómetros de profundidad. Así mismo, estipulan que las mediciones magnéticas no coinciden exactamente con las teorías actuales, por lo que necesariamente debe haber espacios vacíos en medio de la tierra.

Ha habido varias expediciones en búsqueda de estas entradas ubicadas en los polos, la última planeándose para el año 2006 y que fue cancelada debido a la muerte de su organizador (Steve Curry) por un cáncer cerebral, algo que ha dado pie para acusar a los grandes poderes de intentar ocultar lo que se encuentra allí. Así mismo, quienes defienden la teoría de la tierra hueca afirman que no hay otra manera de explicar el interés de los gobiernos en controlar el ártico y la antártica y la aparente desinformación sobre estos lugares.

Lamentablemente no es mucha la información sobre personajes que hayan visitado estos territorios. Muchas expediciones se planearon en el siglo XIX, pero ninguna se realizó debido a problemas logísticos o a falta de fondos. El personaje más conocido en haber llegado a la tierra hueca es Karl Unger, quien piloteó un submarino durante la segunda guerra mundial en una expedición al polo sur y habría ingresado por un túnel submarino.

Lo cierto es que muchos personajes, entre ellos Hitler, estaban convencidos de la existencia de una civilización subterránea. Hitler incluso envió varias expediciones, y algunos afirman que escapó de Alemania tras la invasión soviética y se encuentra escondido en algún lugar del mundo subterráneo. En todo caso, la posibilidad de vida (inteligente o no) bajo el manto terrestre sigue fascinando a la humanidad.