La ganadora del último festival de Eurovisión representaba a Israel. Este estado ha utilizado el espacio televisivo para un lavado de imagen. El Estado iraelí contrató publicidad en la aplicación gay de contactos Grindr para que Netta, su concursante, ganase el festival el pasado sábado.

La jugada no le ha podido salir mejor al gobierno presidido por Benjamín Netanyahu. En la víspera del Día de Jerusalén (en que Israel conmemora anualmente la “reunificación” de la ciudad tras la guerra de los Seis Días en 1967) y apenas dos días antes de Estados Unidos escenifique el traslado de su Embajada a la ciudad santa, su representante ganaba el festival por cuarta vez. Una victoria que llega en el mejor momento de los posibles –tras el espaldarazo del presidente norteamericano– para la diplomacia pública israelí, y que los palestinos tachan de propaganda.

Cuando dentro de su lógica euforia tras ser declarada ganadora por el jurado popular, Netta Barzilai utilizó la expresión tradicional judía de que nos vemos “el año que viene en Jerusalén”, incurrió en todo un ejercicio de jutzpá (caradura, en hebreo) política. Pues aunque Israel como Estado soberano es libre de decidir donde organiza la edición de 2019, el hecho de que lo haga en la capital en disputa no deja de constituir una estratagema más dentro de su estrategia de evitar cualquier tipo de condicionalidad política por parte de Occidente y de normalización con los países sunitas moderados, pero sin tener que pagar precio alguno en materia de paz y justicia para los palestinos.

La actuación de Netta –que acudió acompañada de una nutrida delegación y fue escoltada por varios guardaespaldas al escenario para volver a cantar “Toy” por segunda vez en calidad de ganadora– ha supuesto una gran operación de relaciones públicas para Israel. Un país que busca precisamente potenciar su rol como Start–up nation, maquillar su lado más violento en la represión del pueblo palestino y ejercer ese papel de Sheriff de Oriente Próximo que parece haberle encomendado Trump.

Una de las sucias maniobras de Israel para ganar Eurovisión 2018 es que el Estado de Oriente Medio ha contratado publicidad discretamente en la aplicación de contactos gay Grindr para que los miembros voten a Netta, su concursante en el festival de la música. Usuarios de la plataforma de citas han tomado las redes sociales, algunos montados en cólera, ante la treta del país para ganar la competición que se celebró este sábado, 12 de mayo, en Lisboa (Portugal). “Vota por la auténtica diva. Vota por #Israel Netta Toy. Canción número 22”, es la frase que acompaña la inserción publicitaria en el programa de móvil para encontrar a un compañero.

La maniobra de Israel en Grindr tiene poderosos argumentos. Eurovisión es un programa muy seguido entre la comunidad LGTB, que suele reunirse, como el resto de gente, en casas y bares para seguir el extravagante festival de la canción. El artificio de Israel, que desde el inicio era uno de los países favoritos junto a Chipre para ganar el festival de música, tiene sentido si se tiene en cuenta el sistema de votación. Los 43 países que participan recibirán 12, diez, ocho, seis, cuatro, dos y un punto del resto de naciones rivales. Después, esa clasificación se cotejará con los votos del público, que se añadirán al cómputo general. No se conocerá al ganador de Eurovisión hasta que esas dos clasificaciones (que se cambiaron en 2016 para evitar boicots a países) se sumen. Finalmente, Netta se impuso. Israel consiguió su objetivo.

Barzilai representa a una nueva hornada de israelíes en la que prima el escepticismo, el materialismo y, hasta cierto punto, el hedonismo. Una generación que desconfía tanto de los palestinos como de sus vecinos más próximos –pues a pesar de que mantienes cordiales relaciones diplomáticas con Egipto y Jordania, luego son pocos los israelíes que se atreven a ir de visita– y que lo que desea es disfrutar de la vida.

Nada que ver con el idealismo de hace 20 años, cuando Dana International ganó Eurovisión para Israel y muchos palestinos lo celebraron casi como si fuera una victoria propia. En cambio, este pasado sábado por la noche las calles de Jerusalén Este guardaban completo silencio, mientras que en las del Oeste la fiesta no acabó hasta las 4 de la madrugada.

De la misma forma que muchos israelíes rechazan a priori todo aquello que sea palestino, árabe o musulmán, las nuevas generaciones, cosmopolitas –y, a menudo, también políglotas–, de israelíes disfrutan con todo aquello que sea occidental. Ahí están ciudades como Berlín, a la que se han mudado miles de ellos (según las estadísticas del gobierno alemán, 33.000 israelíes adquirieron la nacionalidad germana entre los años 2000 y 2016).

Así las cosas, la victoria en Eurovisión con una canción que no está exenta de mensajes progresistas en contra del machismo y a favor del respeto a la diferencia, entre otros, no deja de encubrir muchas otras disfunciones y problemas que sigue presentando el Estado hebreo. A pesar de jactarse de ser la única democracia de Oriente Próximo, Israel aprovechará la celebración de la 64a edición del certamen para hacerse un lavado de cara en profundidad y sentirse un miembro más de la comunidad occidental.

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