Un nuevo estudio dirigido por el astrofísico de la Universidad de Rochester Adam Frank, propone que el motivo por el cual aún no encontramos otras civilizaciones inteligentes puede ser que estas no hayan tenido el tiempo suficiente para conquistar la galaxia o bien que sus asentamientos interestelares, incluso aquí en la Tierra, hayan desaparecido hace mucho tiempo.

La investigación (que está abierta en arXiv) propone un modelo teórico que tiene en cuenta variables como el número de galaxias potencialmente habitables, el tiempo que tardaría una civilización en “colonizar” un lugar, los planetas idóneos que no estén ocupados en ese momento y un tiempo de “recarga” desde que una civilización envía una primera nave hasta que monta su propio asentamiento.

Así es como Frank y sus colegas exploraron el terreno intermedio entre una galaxia estéril de vida y una llena de civilizaciones inteligentes.

El modelo se asienta sobre las bases lógicas que indican que una civilización no puede tener más duración que la galaxia en concreto en la que se busque vida inteligente; y que desde el momento de la creación de un asentamiento de vida, su condena a muerte está escrita: una catástrofe o su colapso por motivos internos marcará su fin —nosotros, cada vez más, sabemos acerca de este tema—.

Es decir, el rango de vida útil de ese asentamiento. Con todos estos datos, el equipo realizó simulaciones que le llevaron a tres escenarios principales. Los dos primeros encajan con la famosa paradoja de Fermi: si los planetas aptos para esa vida son abundantes y la supervivencia es fácil, la galaxia debería rebosar de vida.

De lo contrario, sería muy complicado asentarse en lugares cada vez más lejanos e inhóspitos, por lo que las probabilidades de encontrar vida se reducirían. Pero hallaron la tercera vía: puede que las civilizaciones tengan facilidad para llegar a lejanas galaxias, incluso puede que también establezcan asentamientos.

El problema viene cuando debes administrar un territorio tan amplio que abarca miles de millones de kilómetros. Si ponernos de acuerdo entre todos los países del mundo es un imposible, parece razonable pensar que esta tarea sería más complicada aún en una civilización que abarque distancias casi impensables.

Así, el terreno habitado acaba sufriendo fracturas, catástrofes, conflictos, su propio apocalipsis. Después pueden pasar millones de años deshabitado y, quizá, puede que alguna otra civilización se fije en el mismo lugar. “Puedes acabar teniendo algo parecido a una red de asentamientos en toda una galaxia, pero en un momento dado podría no estarlo”.

¿Podría haber sido la Vía Láctea el hogar de otras civilizaciones? ¿Es posible que la Tierra tuviera otros habitantes inteligentes antes que nosotros? El modelo señala que sí. ¿Y por qué no hemos descubierto ningún rastro? Según los autores, puede que haya pasado tanto tiempo que ya no quede signo de este asentamiento.

Se trata de una teoría controvertida que ha tenido críticas por parte de algunos científicos, ya que delimita demasiado los escenarios posibles.

“Es un modelo encantador, pero los autores se limitan a un rincón bastante estrecho de probabilidades”, afirma Anders Sandberg, investigador del Instituto del Futuro de la Humanidad en Oxford, Inglaterra, quien sugiere para PopScience que la vida puede ser extremadamente rara.

En la misma línea se coloca la astrónoma Jill Tarter, que elogió la capacidad del equipo pero cuestionó hasta dónde pueden llegar los análisis teóricos y la falta de datos concretos.

Los autores están de acuerdo con que la teoría no puede reemplazar la observación práctica del universo (que en épocas recientes se ha ampliado a rastros de tecnología de sociedades inteligentes), pero recalcan que este estudio puede insuflar esperanza en la búsqueda de otras civilizaciones.

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