Hace 62 años, la Unión Soviética se avanzaba a los estadounidenses con la puesta en órbita del primer ser vivo: la perrita Laika.

Todos sabemos que el primer ser vivo que viajó al espacio no fue precisamente un ser humano y que en realidad se trató de una perrita llamada Laika, quien el 3 de noviembre de 1957 fue colocada en el Sputnik 2, la nave soviética cuya misión era orbitar la Tierra.

Laika, palabra de origen ruso que en español significa “que ladra”, se volvió en uno de los caninos más famosos del mundo y de la historia, al asentar un gran precedente en el mundo de la aeronáutica espacial. Pero, ¿conoces la vida de este cuadrúpedo?

Esta perrita, mezcla de husky siberiano y de samoyedo, era callejera y habitaba en las calles de Moscú. No tenía nombre, ni casa, ni dueño al cual obedecer.

A principios de los años 50, los encargados de llevar a cabo los programas de la carrera espacial de la Unión Soviética se lanzaron a la calle para ir en búsqueda de perros que serían utilizados para programas experimentales.

Tras el éxito obtenido con el lanzamiento del Sptunik 1, los soviéticos decidieron construir el Sputnik 3, una nave con más avances que la primera, los cuales ayudarían a hacer una mejor exploración del espacio exterior.

Para poder ponerla en órbita era necesario hacer pruebas con un artefacto similar, así que los técnicos en no más de un mes construyeron al Sputnik 2, con el cual harían todas las pruebas y además, llevarían al exterior por primera vez a un ser vivo y qué mejor que éste fuera un perro.

Los investigadores crearon un tipo de campo de concentración canino, en donde vivirían y prepararían a los perros que cumplieran con las siguientes características:

“No pesar más de seis kilos, medir no más de 40 centímetros y sobretodo, que fueran callejeros”, ya que los expertos creyeron que éstos soportarían mejor los entrenamientos, dado a que seguramente tendrían un sentido más desarrollado de la supervivencia.

Tras varios días en que los perros se sometieron a pruebas de gravedad, de adaptación a espacios sumamente pequeños y de estrés causado por ruidos y vibraciones, sólo tres especímenes lograron pasar de buena manera.

La propia Laika, Mushka y Albina, pero Oleg Gazenko, el director del proyecto, escogió a la primera por su edad (tenía dos años) y por su temperamento sumamente tranquilo.

El 3 de noviembre de 1957 fue lanzada esta cápsula espacial. Laika fue colocada en una cabina especial, en donde había comida y agua suficiente para los días del viaje, y le fueron conectados diversos cables para monitorear sus signos vitales y las variaciones que pudiera registrar fuera de la atmósfera terrestre.

En un principio se dijo que Laika volvería al planeta por medio de un paracaídas; sin embargo, la historia sería muy distinta, pues los encargados del Sputnik 2 sabían perfectamente que ella no regresaría con vida.

E incluso, días después se supo que la ración de alimento del séptimo día contenía veneno para que ella muriera al instante y así no sufriría de posibles radiaciones.

Los encargados del experimentos recurrieron a una serie de mentiras para no ser mal juzgados por la sociedad soviética para quienes Laika había dejado de ser un perro común y corriente y se había convertido en todo un icono social y que posiblemente no soportaría que fuera sacrificada por bien de la carrera espacial.

En aquellos años se dijo que Laika había muerto varios días después del lanzamiento por falta de oxígeno y aseguraron que había sido un deceso sin dolor y señalaron que les extrañó mucho el hecho, ya que habían registrado sus signos vitales durante días.

Pero Dmitri Maláshenko reveló el gran secreto en torno a la muerte de Laika: en realidad había muerto cinco o seis horas después de haber sido puesta en órbita y lo más seguro es que las causas de su fallecimiento habían sido el pánico que sintió, pues su corazón latía tres veces más rápido de lo normal, y por el exceso de calor al interior de la cápsula.

“Mientras más tiempo pasa, más arrepentido me siento. No debimos haberlo hecho… No aprendimos lo suficiente de esta misión como para justificar la muerte de la perra”, aseguró Malashenko.

Laika no sólo se convirtió en un símbolo del progreso en tecnología aeroespacial, también su vida y muerte hizo que la gente hiciera conciencia y se difundiera la protección de los animales, en particular de aquellos que supuestamente son utilizados y sacrificados “a favor de la ciencia”.

Para no finalizar con tan mal “sabor de boca”, el corto “Laika and Rover”, que salió adelante gracias a una campaña de crowdfunding, es tan bonito como simpático. Y sí, tiene final extra feliz.

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