Los “Rostros del Olvido”: creencias, costumbres y misterios (Video)

21 Ago, 2020

¿Qué son las llamadas “caras del agua”? ¿De dónde surgieron? ¿Desde cuando se han venido utilizando? ¿Por qué a día de hoy continúan pasando desapercibidas para gran parte de la población? ¿Ocultan algo más que el mero aspecto decorativo? ¿Podríamos hablar de una parte de nuestra historia, vetada por el desconocimiento y a punto de la absoluta desaparición? Para tratar de comprender su apasionante historia, debemos retrotraernos al pasado y a las creencias y costumbres más remotas.

Es bien sabido que, desde la más remota antigüedad, sabias culturas como la egipcia, la griega e incluso la romana, se servían de ciertos “elementos decorativos” dispuestos en los muros de viviendas e importantes lugares de culto de sus ciudades, para “expulsar” o “alejar”, según la creencia popular, a determinadas entidades oscuras, (una costumbre tan añeja como el propio ser humano).

Pero el periplo cronológico más conocido de este peculiar folclore, por así decirlo, renace o se asienta con más fuerza si cabe en la vieja, apasionante y supersticiosa edad media francesa, emplazamiento geográfico donde hicieron acto de presencia las sugerentes y aterradoras gárgolas, (del francés: “gargoullie”, derivado del verbo “gargouiller”, y a su vez del griego: “gargarizó”, lo que, en resumidas cuentas, significa etimológicamente hablando: “hacer gárgaras”).

Efectivamente, en un principio ésa fue la principal función de estas inquietantes e intencionadamente grotescas figuras pétreas, la de lanzar el agua de lluvia por entre sus, (en ocasiones, y según su diseño, no confundir con las meramente decorativas: “quimeras”), grandes, monstruosas y afiladas fauces lo más lejos posible el agua de lluvia, para que ésta no dañase las paredes de los principales lugares de culto, palacios y edificaciones con cierta trascendencia..

Pero, si bien es cierto, su evolución, uso y trascendencia se extendió con el paso del tiempo a nivel europeo, extrapolándose más tarde geográficamente a nivel internacional.

Curiosamente, con el pasar de los años fue añadida a su “tarea primigenia”, por parte de creencias populares, otra no menos extraña: la de “salvaguardar y proteger” a inquilinos y moradores de las mismísimas sombras, malos espíritus, entidades malignas e inclusive personas de mala fe y oscuras intenciones.

La leyenda original cuenta que, allá por el S.VII, en una cueva ubicada las cercanías del río Sena, vivía un dragón de horrible aspecto, el cual ingería a los barcos que por allí navegaban, así como a sus tripulantes, e incluso a todo aquel que, valientemente, se aventuraba a caminar por su territorio.

Tal fue el pavor y el problema que todo ello supuso que, los aldeanos, llegaron a ofrecer a la bestia un sacrificio humano de forma anual, (normalmente ladrones y gentes de mala fe, para que, de ese modo, pagasen en vida por sus pecados).

Pero fue San Romano de Rouen, quien consiguió finalmente abatir a tan aterrador e imponente oponente mostrándole el símbolo de la cruz.

El santo, orgulloso de haber sometido físicamente a aquel engendro demoníaco, amarró de inmediato a la bestia con una cuerda atada al cuello, y lo trasladó hasta el corazón de la ciudad donde se le dio muerte, siendo sus restos purificados con un gran fuego.

Pero según esta versión popular, la cabeza y la garganta de la bestia no fueron aniquiladas por el calor de las llamas, pues esta escalofriante entidad, provenía del mismísimo infierno, con lo que el religioso, colgó dichos restos en uno de los muros de la catedral como “advertencia” a las fuerzas del mal que pudieran acechar a la localidad en un futuro, fortaleciendo el concepto de que, el maligno, y todo lo relacionado con las fuerzas oscuras, quedaban alejadas de los lugares sagrados:

(“The Fantastic Middle Ages”, del autor Jurgis Baltrusaitis, Cátedra Ediciones, 2007. Pero aquí no termina nuestra apasionante historia. Echemos un vistazo a otra época mucho más cercana a la nuestra.

Corrían los primeros años del S. XX. Ciudades y localidades como Alicante, Alcoy, Xixona o Valencia, vivían con orgullo el progreso de la industria metalúrgica con la proliferación de fundiciones: (Tomás Aznar e Hijos, Alicante. José Rodes, Alcoy, o la de Vicente Ferrer Ballester, o Baltasar Gens, Valencia, 1835), entre otras, tras el primer gran conflicto, (I guerra mundial).

“Caras de Agua” (Crédito: Jorge Sánchez Lamadrid)

En aquel entonces, comenzaron a fabricarse específicamente en ellas determinados tramos de canaletas, (normalmente de hierro o zinc), los cuales, tenían como “misión” la de recorrer igualmente y de forma vertical el último tramo de las fachadas de los edificios, pero, en su caso en concreto, hasta alcanzar el suelo para de este modo, poder así desalojar el agua de lluvia de los tejados.

Todo cambió cuando, poco a poco, estas grandes fábricas comenzaron a grabar en aquellos cilindros de metal, utilizando moldes muy determinados, elementos cuando menos llamativos, los cuales, han venido “sobreviviendo” hasta el día de hoy, tanto a la propia intemperie como a la más cruel de las indiferencias.

Emergían, indiferentes por su expresión a los viandantes y curiosos, rostros de cierto tamaño y volumen sobre las uniones de las ya mencionadas pluviales.

¿Qué hacían allí? ¿Por qué motivo las habían incluido de forma tan abrupta y notoria? ¿Existía algún significado? ¿O se trataba simplemente, al igual que su predecesora la gárgola, de un elemento decorativo?

Al igual que antaño, aquel motivo tan particular había nacido con una finalidad ornamental, es decir, la de embellecer algo tan tosco y común como una cañería. Pero una vez más, el ser humano quiso añadir misterio y folclore a todo ello.

Aquellas caras, que reflejaban cierta inocencia y pureza de espíritu, habían sido esculpidas para “proteger” a quienes disponían de ellos en las fachadas de sus viviendas.

Paulatinamente, fueron emergiendo nuevos modelos: (ninfas, entidades masculinas con cierto aspecto desafiante e incluso rostros que reflejaban una expresión poco tranquilizadora). Nacían las famosas “caras del agua”, (del valenciano, “cares d´aigua”).

Toda una creencia popular que se llegó a extender, (al igual que en el modelo francés), por infinidad de viviendas y lugares de culto por todo el territorio nacional, siendo los lugares primigenios y más añejos, Alcoy, Valencia capital y Xixona, Alicante.

Por suerte, hubo quien trató de estudiar y recopilar esta extensa variedad, como Bernardo Garrigós, (cronista oficial de Xixona), Josep Mateo, quien publicó en 1999 en el programa local de las fiestas tradicionales de la zona, un artículo titulado: “Chatwiniana”, donde incluyó fotografías de algunas de las caras de esta localidad alicantina, así como los fotógrafos Manolo Valero o Bart Bus, entre otros muchos, interesados realmente en este tema tan fascinante y que, por desgracia, se encuentra en vías de extinción.

¿El motivo?, la sustitución de estas canaletas metálicas por otras de PVC. Lentamente, aquellos ecos del pasado irán desapareciendo de nuestras calles y cascos antiguos. Rostros que admiraron, y nunca mejor dicho, el día a día de nuestros antepasados.

Rostros que quedaron marcados por la indiferencia de visitantes y transeúntes, los cuales, desconocedores de su existencia e historia, deambularon por entre callejones y calles peatonales sin plantearse si quiera cual era el origen de estas curiosas figuras. Hoy resisten al paso del tiempo esperando su defunción oficial.

El óxido y el pasar del tiempo, han hecho que a penas puedan si quiera ser reconocidos con claridad. Deterioradas, tristes, olvidadas, e incluso medio soterradas en algunas frías y desquebrajadas fachadas, las caras del agua confían aún ingenuamente en poder dejar un legado histórico entre las gentes de hoy en día.

Como suele decirse, ensimismado en su propio regocijo inmediato, el ser humano ha dejado de prestar atención a su propio entorno. Envuelto en tecnologías multimedia y en el autodestructivo y absorbente consumismo, ha desterrado casi por completo aquellos pequeños detalles que formaban parte de su propio legado cultural, marchitándose irremediablemente como pétalos en flor, dejando escapar la esencia de su historia y el recuerdo de quienes las observaron en un principio con, por qué no decirlo, cierto “respecto”.

Quizás como he venido exponiendo, estén condenadas sin remedio a la desaparición, (ojalá me equivoque), quien sabe.

O, por el contrario, pudiera caber la posibilidad de que alguien, en algún lugar, las considere lo suficientemente importantes como para salvaguardar su legado y, de ese modo, dar la oportunidad a generaciones futuras, de poder contemplar con todo lujo de detalle, aquellos rostros que tantos y tantos años vieron pasar por delante de sí mismos, desde el más rotundo y sobrecogedor silencio.

Como alguien dijo en una ocasión: “Sólo se valora lo que se conoce, y solo se protege y conserva aquello que se valora”

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REDACCIÓN: Jorge Sánchez Lamadrid

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