Sabemos que los niños tienen una imaginación enorme, pero hay muchos casos que indican que cualquier niño tiene la capacidad de recordar su vida anterior..

Aunque muchos atestiguan fervientemente que la reencarnación es un hecho, es difícil poder corroborar los testimonios e imposible demostrar científicamente el tránsito del “alma” de un cuerpo a otro. Pero este caso es especialmente peculiar porque pocas veces se puede probar la existencia de una vida pasada.

Una de las historias más enigmáticas pero concluyentes sobre casos de personas reencarnadas, ocurrió en los altos de Golán, una región que se encuentra cercana a la frontera entre Siria e Israel. Un niño de tan sólo tres años afirmaba recordar haber vivido allí anteriormente, refiriéndose (con el lenguaje entre indescriptible y fantasioso de los niños a esa edad) a una vida anterior. Los detalles que el niño relataba dejaron sin palabras a los presentes, sobre todo cuando aseguró que había sido asesinado.

El niño era druso, una minoría religiosa que habita, principalmente, en Siria, el Líbano, Jordania e Israel. En la cultura de los drusos se acepta la existencia de la reencarnación hasta tal punto que, cuando un niño nace, los ancianos buscan marcas de nacimiento, ya que se dice que éstas provienen de heridas de muerte atribuidas a una vida anterior. De dichas marcas, los ancianos buscan información cuando los niños empiezan a hablar, haciéndoles preguntas concretas.

A pesar de que los niños que presentan indicios de haberse reencarnado suelen mezclar con facilidad acontecimientos pasados y presentes, a menudo son llevados al lugar que han descrito o donde se intuye que puede haber vivido anteriormente. No obstante, estos casos son por norma general inusuales. Por ello, cuando los testimonios de los niños presentan indicios fehacientes, son llevados ante un consejo de ancianos muy respetados en su cultura, para continuar la investigación.

Y por ese consejo pasó este niño, que llegó a dejar sin palabras a toda la comunidad. El infante nació con una visible mancha de nacimiento en la cabeza. La marca era de una tonalidad rojiza que destacaba más si cabe, su peculiar señal. En cuanto alcanzó la capacidad del habla, insistía mucho en una frase que repetía constantemente cuando hablaba con sus padres y familiares. Daba a entender entre balbuceos y palabras malentendidas, que había sido asesinado.

Hay que ponerse en el concepto de un niño de tres años y en cómo hablan los niños a esa edad y en cómo cuentan las cosas, para poder hacer un ejercicio de empatía con este testimonio, ya que no es fácil imaginar cómo un niño les dice a sus padres que ha sido asesinado. Pero este es un hecho totalmente real.

Decía que un golpe en la cabeza lo había matado. Además, recordaba detalles tales como su nombre anterior. Por lo visto, era la reencarnación de un hombre que había sido visto por última vez cuatro años antes y del cual nunca se supo nada más.

Lo más sorprendente, aún si cabe, es que recordaba el nombre completo de su verdugo. Y lo que aquel niño estaba diciendo concordaba con su vecino. Debido a la polémica que se creó en la comunidad debido a sus declaraciones, muchos curiosos se acercaban a su casa para escuchar aquellos hechos por boca del niño.

En una de esas aglomeraciones de gente alrededor de él, el niño se acercó a un hombre y le acusó de su asesinato delante de todos los presentes. Todos hicieron un gran silencio y aquel hombre, desencajado, rompió a llorar y, entre lágrimas, reconoció los hechos. Contó que eran vecinos y que un día tuvieron una gran discusión. La cosa fue a más hasta que finalmente le golpeó con un hacha en la cabeza que acabó con su vida.

El acusado entró en shock durante unos interminables segundos. Pero cuando consiguió calmarse, desmintió aquello con la intención de desentenderse de aquello. Pero el niño, ni corto ni perezoso, se dirigió a los ancianos y les dijo que sabía dónde estaba su cuerpo enterrado.

Y el desconcierto llegó cuando vieron que en el lugar donde aquel niño había dicho que estaba enterrado, había un esqueleto con el cráneo fraccionado en la misma zona donde el niño tenía la mancha de nacimiento.

En el lugar donde excavaron, además de los restos mortales de aquel hombre también encontraron el arma homicida. Aquella hacha que relataba el pequeño se encontraba al lado del cadáver, testigo de un terrorífico suceso. Finalmente, y tras las evidencias que lo delataban y el estupor de la gente que no daba crédito a lo ocurrido, aquel hombre reconoció por segunda vez los hechos.

Este es un caso muy especial ya que, como podéis deducir, es del todo inusual. Pero deja una ventana abierta a la creencia de la reencarnación y deja un rastro de esperanza en quienes piensan que ésta, es una más de otras vidas. Quizás estos casos se dieran con más frecuencia si prestáramos atención a esas cosas que a veces nos cuentan los niños y que clasificamos de fantasías con facilidad. Si quieres saber más sobre el caso del Niño Druso, mira este vídeo:

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Miguel Á. Fuentes

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